"El buen samaritano-Delacroix", 1890 - Vincent van GoghAhora los veo. Me rodean. Entre ellos, los murmullos van y vienen; no entiendo bien. Sus manos cargan las piedras; sus bocas, los escupitajos. Parecen libres de pecado. La primera piedra me golpea en la frente. El cuerpo no me alcanza ya para cubrirme, pero guardo la esperanza de que el Bondadoso me reciba en su morada antes de terminar el día. Otro golpe en la cabeza.
Si estos instantes me alcanzan (ahora me golpean en las piernas, la sangre pulula) referiré cómo llegué a este estado. Omitiré algunos detalles… Un hombre se acerca. Me agarra de la túnica, me escupe.
Mi voluntad era llegar a las fiestas de pascua, sin embargo los designios divinos son inescrutables. Mi asno murió en al ruta y comí de él durante varios días. He decirles que, abandonado bajo el cielo nocturno, interpreté mal las estrellas y el sábado me sorprendió aún caminando; los sábados no debe hacerse magia o esa suerte de hechos inexplicables que llaman los hombres milagros. Por uno de esos estoy aquí… Ahora una mujer me grita “¡mago!”.
Cerca de Naín, sobre una roca, vi a un hombre tendido cuan pequeño lo arrojaba la distancia. Junto a él, de pie, otro que esculcaba entre sus ropas. Sabía yo que en esos caminos hay salteadores: esperé a que se fuera.
El que estaba de pie se marchó, sus pasos fueron rápidos y finos. Por un momento tuve la sensación de que aquél podría caminar sobre las aguas.
Al cabo de un rato llegué a la roca. El hombre yacía, las ropas teñidas de sangre, con las manos sobre el vientre. Las retiré y vi una cicatriz fresca; el hombre abrió los ojos. Su mirada volvía adormecida y fastidiada por el sol. Me abrazó, besó mis mejillas. Durante el resto del viaje no hizo más que decirme: ”Buen hombre, lo van a saber; estás lleno de dones”. A lo que respondí: ”No he hecho nada”. Replicó: “La modestia también es don divino”.
Me arrastran, me llevan fuera de los muros de la ciudad. Debo apresurarme…
Entramos a la ciudad. En pascua Jerusalén es un hervidero.
Pidió que lo acompañase. En la tienda de Zeev, obtuvo fácilmente crédito y compró ropas; luego, en el Templo, un becerro para el sacrificio. Eufórico llamó al Sanedrín. Les contó los hechos, siempre señalando con arrebato su cicatriz: “El sábado me asaltaron en el camino; mi último recuerdo fue la hoja del puñal, que reflejó pleno el sol; luego las sombras vinieron por mí”, lloraba. “Por este hombre he recibido la bendición. Aquí me tienen”, me señaló como su salvador. Alguien lo interrumpió: ”Sabrás que lo que han hecho sobre ti está prohibido”. Respondió servilmente: “Pero Rabí, ¡me ha salvado, es un milagro!”. Entonces el que llamaban Caifás exclamó: ”Ha de ser él”, me apuntó con su báculo. Las gentes se aglomeraron.
Las mujeres exhortaron al resto de hombres y siento en mi rostro la primera pedrada.
Me rodean.
Ahora los veo. Ya el Ángel se posó a mi costado y con su mano señala el rostro del que sostiene la piedra definitiva… Lo mejor sería terminar aquí… o tal vez… Contaré lo que pueda. Cierro los ojos, allí viene el Bondadoso, viene por mí, está entrando en Jerusalén, los ramos se agitan, también las conspiraciones. Ahora el dolor en la frente, la quijada que pesa, el horizonte que se vuelve oscuro, que se mancha de rojo y negro. El Hijo del hombre tiene autoridad obre el día de reposo, ellos no lo saben…
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© Óscar Humberto Mejía Blanco